La escritura femenina y feminista de Chile parece haber superado definitivamente
su tendencia a la inserción imitativa en los parámetros
consagrados del canon nacional o su ostentación marginal de rebeldías.
Emergiendo con inusitadas energías liberadoras en un período
de crisis que ha obligado a revisar críticamente nuestra percepción
de la contemporaneidad histórica, y a reformular nuestros dilemas
y utopías, esta escritura ha ido decantando ciertos registros
distintivos que permitirán perfilarla como una "nueva poesía
femenina".
En esta nueva promoción de poetas chilenas se destacan, a mi
juicio, tres autoras cuyas propuestas suponen un punto de partida radicalmente
diferente de los registros temáticos y formales que privilegiaban
las generaciones precedentes: Soledad Fariña, Heddy Navarro y
Verónica Zondeck. Pienso que lo que las identifica y las distingue
de lo que comúnmente se difundía en Chile como expresión
poética femenina es la desinhibición ideológica
en el trato con la realidad, una concepción de la poesía
como proceso de creación verbal que pone en tensión dialogante
tanto las facultades cognoscitivas como emotivas de la personalidad
que enuncia el discurso, y una exploración rigurosa de las opciones
del lenguaje para significar estas dimensiones de la realidad, exploración
que convierte el texto en un campo sensual y cerebral de configuraciones,
en un cuerpo que se modela como paráfrasis de la idea primigenia
de creación. La corporización del texto atrae así
a la propuesta creativa las asociaciones de auto-exploración
(en que el despertar de la sensualidad se metaforiza como exploración
sensorial de las texturas del discurso), reconocimiento de una identidad,
y refundación de un sistema de relaciones intelectivas para habitar
más plenamente los espacios íntimos y sociales de nuestra
cotidianidad. En el proceso, fiscalizando por lo general la tentación
paródica, el texto termina subvirtiendo las formas tópicas
de los lenguajes heredados, desde el tradicional registro intimista
que se le supone a la poesía, pervivencia de una noción
romántica del género, hasta los modelos públicos
de discurso.
El último libro de Heddy Navarro, Poemas insurrectos (1988),
es un buen ejemplo de esta nueva poética feminista chilena.
Los poemas insurrectos que integran este volumen formalizan una perspectiva
creadora que se hace cargo de los dilemas, requisitorias de la liberación
social y femenina, contextualizando una identidad a la vez corporal
e histórica, donde la mujer revierte el rol tradicional que le
ha sido asignado, se despoja de los sucesivos ropajes ideológicos,
y desde la desafiante desnudez de su sensibilidad y capacidad de rearticulación
lógica del mundo, reivindica par sí un rango protagónico
en los quehaceres del mundo.
La primera sección del libro ("Poemas insurrectos")
confronta las expectativas del discurso político y su pretensión
homogeneizante, canalizando en la subversión textual de las proclamas,
informes, comunicados y plataformas una inquietante aclaración
de opciones y una declaración sediciosa de principios que la
cerrazón ideológica o el pudor han relegado a un estatuto
marginal.
En esta desembozada confrontación del sedimento radical de los
lenguajes en uso, la palabra "principio" se va cargando de
connotaciones olvidadas o pervertidas por la división biológica
y social de la pareja, a fin de cuentas un fenómeno de naturaleza
histórico-cultural más que de legalidad biológica:
el principio de igualdad política que se gesta en la concertación
pública de la calle debe reafirmarse con la
igualdad familiar de la casa y a la vez recuperar cierto estatuto originario
de igualdad erótica y genésica. En este sentido la reivindicación
de la sexúalidad, en una sociedad que ha bastardeado la naturaleza
humana manipulando ideológicamente las dicotomías hembra-macho,
hombre-mujer, naturaleza-espíritu, sentimiento-intelecto, procreación-cre
ación, etc., se convierte en una insoslayable petición
de principio: aprender a leer su energía liberadora nos lleva
a reestablecer los parámetros dialogantes entre la naturaleza
(humana) y la historia, a liberarnos de la autocomplaciente costumbre
de habitar espacios sucedáneos de libertad.
La segunda sección ("Monólogo de la hembra tardía")
articula un poderoso registro poético que concentra y distiende
la experiencia plural de la mujer como sujeto biológico, histórico
y figura rebelde a los sucesivos arquetipos culturales que le han asignado.
Al desarticular las imágenes heredadas y su andamiaje retórico,
la hembra selecciona los signos parciales, fragmentados, de su identidad,
enhebra los derroteros inconclusos de su historia, y articula una conciencia
y una fisonomía fundada no en las dicotomías maniqueas
sino en una estrategia solidaria.
Arte de la pasión lúcida, esta obra explora la ductibilidad
sensual de logos, propicia la unidad de los contrarios a partir del
reconocimiento de una dialéctica natural ligada íntimamente
a la social, y define así el estatuto del amor combativo y dialogante.