Tratándose de literatura, es brava cosa escribir sobre mujeres,
y más sobre mujeres bravas. Las censuras y los prejuicios son
muchos y antiguos. Las retóricas, tanto de los pro como de los
contra, se han vuelto un tanto aburridas, por un problema de énfasis...
En un país pequeño, en la aun más pequeña
república de las letras chilenas, dos cosas parecen ser inevitables:
una, cargar con un rótulo en la frente "escritura femenina"
o "escritura feminista", son ejemplos que haga dar por leído
todo cuanto un determinado sujeto ha escrito y escribirá. La
otra, ser a la vez quien escribe, quien difunde, quien edita, quien
promueve y hasta quien lee los propios escritos. No es un panorama alentador.
Ambas cosas le han sucedido a Heddy Navarro. Hago en estas líneas
un gesto de invitación a la lectura de su poesía, un gesto
que creo se le debe, en reconocimiento. Reconozcámosla: conozcámosla
de nuevo, es lo que propone esta antología poética.
Como los anteriores libros de Heddy, este tiene un título combativo:
Monólogo de la hembra tardía. Al escribir esto recuerdo
inevitablemente el Canto del macho anciano, de Pablo de Rokha, donde
"el varón genital intimidado por el yo rabioso se recoge
a la medida del abatimiento" (...) y "ahora la hembra domina,
envenenada/ y el vino se burla de nosotros..."; donde se dice "cae
la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos, cuando hicimos
lo que quisimos con nuestro pellejo".
La "hembra tardía", queriéndolo o no, recoge
el desafío del macho anciano, y hasta una parte de su tono. Su
interpelación, su llamado, va desde la hembra hasta el macho,
identificado con esa palabra en muchos poemas. Una hembra que no pide
consideraciones especiales, no se achica, no se define de una vez como
hija, como amante, ni como madre, ni como objeto de nada. A pesar de
la "estructura milenaria encadenándome las nalgas (...)
hileras de conocimientos/ ensartados en una cuelga de años".
Como el macho anciano, se agarra (en palabras rokhianas) "a la
tabla de salvación de la poesía/ que es una máquina
negra"; como él, esculpe "el mito del mundo en las
metáforas". Asume su oficio. Y, en el último de los
paralelos que haré, también en nombre de un colectivo.
De Rokha podía decir "indudablemente soy pueblo ardiendo";
decir "escribo con cuchillo/ y pólvora (...) los padecimientos
de mi corazón y del corazón de mi pueblo, adentro del
pueblo y y los pueblos del mundo y el relincho de los caballos desensillados
o las bestias chucaras". (Hoy nadie ya podría decir eso:
estamos en tiempo de dudas.) En la poesía de Heddy Navarro podemos
encontrar un "nosotras" de "tórridas mujeres",
de "pájaras ardientes", de "marginadas de la tierra",
"una fauna que galopa / más allá de parques y zoológicos/
somos tal vez la punta de lanza del oxígeno/ la anarquía
imprescindible": otro colectivo, más contemporáneo,
no sé si igualmente dudoso. Se instala, en el poema "Óvulos",
un nuevo altar de las antepasadas, un "yo" que asume a todas
las mujeres bravas, resumidas al fin en "yo la parturienta/ seguiré
pariendo hombres para poblar/ el mundo/ a pesar de la bomba de neutrones/
y de las verdades absolutas". Y un mensaje más al macho
destinatario: "No elegí esta naturaleza mía/ pero
no te la cambio/ por tu montón de huesos/ al galope".
Se trata del colectivo de las mujeres, "el mujerío",
palabra mistraliana que Heddy ha adoptado. Ya nadie duda de que las
mujeres hayan cambiado su condición en el mundo: en la educación,
en el trabajo, en las costumbres. Pero lo que cambia más lentamente
que esas realidades medibles es la cultura, el conjunto de expectativas,
creencias, roles que sirven a una persona o a una sociedad para formarse
una imagen propia. En ese sentido, en las personas que son mujeres se
da cotidianamente el conflicto entre los mensajes que les entrega la
cultura, cuyas modificaciones son lentas de ahí que ella
hable de la "estructura milenaria" y los mensajes que
les entrega su vida en el mundo actual, que se modifican aceleradamente.
En la escritura, ese conflicto se aborda de muy diversas maneras.
En Chile no hubo, en años sesenta y setenta, voces femeninas
equivalentes a las de una Adrienne Rich, por ejemplo, cuya obra poética
y cuyo libro de ensayos On lies, secrets and silence(1) representan
muy bien la vertiente norteamericana del feminismo de esos tiempos.
En los años setenta estaba lejos el momento de decir, desde Chile,
cosas como esta: "Un ser humano hembra que trata de cumplir las
funciones tradicionales de la hembra en forma tradicional se encuentra
en conflicto directo con la función subversiva de la imaginación".
O esta: "la energía creadora del patriarcado se agota rápidamente;
lo que queda es su capacidad de generar energía destructiva.
Como mujeres, esto señala cuál ha de ser nuestro trabajo".
El colectivo que habría podido dar oído a esas palabras
no se había formado todavía. Tenía precursoras,
que los colectivos actuales están rescatando, en un afán
ya descrito por la misma Adrienne Rich, cuando hablaba de leer hacia
atrás, haciendo una re-visión de los escritos de mujeres
desde una perspectiva crítica diferente. El tiempo ha cambiado
el signo con que inicialmente se leyó el gesto poético
de Estela Díaz Varín, por ejemplo, o una novela como La
brecha, de Mercedes Valdivieso. La re-visión escritos de mujeres
en Chile es todavía una tarea larga, que está por delante.
El surgimiento "explícito, programático"de
la poesía de mujeres que ya no quería llamarse "femenina"
se ubica en Chile más tarde, y uno de sus varios hitos fue Palabra
de mujer, de Heddy Navarro, en 1984. Tal vez la historia del mundo no
es otra cosa que la historia de unas cuantas metáforas; o de
la modulación de unas cuantas metáforas (2). Si así
fuera, el matiz que separa "literatura femenina" de "literatura
de mujeres" tendría cierto interés. La primera denominación
apunta al pasado, a la distinción histórico-cultural secular
entre masculino y femenino: en esa perspectiva, "el ejercicio de
la letra" por parte de las mujeres (la expresión es de Ángel
Rama) tiene un matiz de transgresión. Ya sea como artificio retórico,
como maniobra de defensa o como cualquier otra "treta del débil",
hasta las mayores escritoras de América (pienso en Sor Juana
y en Gabriela Mistral, en este momento) dieron sus disculpas por participar
en ese ejercicio, por salirse de su lugar, por meterse en territorios
ajenos. "Qué sabemos las mujeres sino filosofías
de cocina (3)". Y qué va a darnos por hablar por ejemplo
de América, un tema que hay que dejar a "los mozos, es decir,
los que vienen mejor dotados que nosotros".
En esa encrucijada de lugares que son propios o son ajenos, de lugares
desde los que se puede hablar y lugares desde los que se puede callar,
los Poemas insurrectos (1988) de Heddy Navarro muestran la voluntad
de mezclar territorios, de no "ponerse en su lugar". Lo público
y lo privado, la manifestación callejera y los gestos domésticos
e íntimos se hacen una sola cosa: los efectos irónicos
de estos textos dependen de la mezcla. Las "proclamas", los
"comunicados", las "plataformas" terminan por ser
los de una "mujer de flor en pecho", que "hasta que se
desplomen los muros de esta cárcel" se declara "termita,
abeja asesina y marabunta". Hace la inversión de los gestos
tradicionalmente femeninos, su cuestionamiento y su ironización.
"Exijo la conquista de mis pasos soslayados/ el desagravio a mi
mirada de gato/ [...] Estoy armada con mis muslos/ calzo pies y uñas/
mi melena es el único abrigo que soporta/ la irremediable conciencia
de mis actos".
La escritura de mujeres en Chile tiene hoy manifestaciones varias,
de signo muy distinto y hasta opuesto, que van desde la sofisticación
verbal de los textos de Diamela Eltit, pasando por una escritura crítica
también sofisticada, a las expresiones más directas, menos
ambiguas, más socializables (pienso en novelas como la de Marcela
Serrano, por ejemplo, un libro reciente, un notable éxito de
venta). Difícil tema, este de las mujeres. Un tema que (en palabras
de Cioran) no se vuelve normal impunemente, al menos en literatura (4).
Un tema que invita ambigüedades, previeniéndose tal vez
de otro dicho de Cioran: "todo lo que se puede clasificar es perecedero.
Sólo sobrevive lo que es susceptible de diversas interpretaciones".
Los textos excesivamente clasificables, desde esa perspectiva, están
amenazados de muerte: de muerte, si evocaran de antemano oposiciones
preconcebidas, una "contracultura" que fuese sólo el
negativo o el reverso de las femineidades convencionales, y se agotaran
en esa re-presentación. Y la representación, cuando se
cuaja, cuando se coagula, cuando se enfría, es la muerte. En
literatura, sólo interesa el tema de las mujeres o el de
cualquier grupo de sujetos cuando éstas se transforman
en sujetos inesperados, inclasificables; cuando su escritura esquiva
las certidumbres, cuando descoloca otras escrituras. (Pueden citarse
estos versos de Heddy: "tus latos informes de estratega/ ya no
sirven/ y sólo los uso para encender la barricada/ que no estaba
prevista".)
En ese sentido es que intento celebrar aquí versos de Heddy
Navarro. Hay una especie de distancia que permite una mirada al "mujerar"
o "mujir" (son verbos suyos) como hechos curiosos que le acontecen
a la conciencia. La poesía registra esas extrañezas, porque
entre otras cosas la mujer es "sismógrafo/ registra movimientos
sensoriales". Los recoge en cuanto consciente de los encontrados
sentimientos que su situación provoca, e intentando siempre ir
más allá de esa situación; mujer es "contradictoria
instancia que aletea", que "suele servir el desayuno/ aún
con las alas desplegadas". Se multiplican los signos de ese "servicio"
en la domesticidad: también los signos de lo inesperado y cósmico
en la existencia cotiidiana.
La mujer que se va delineando en estos escritos no renuncia nunca a
esa segunda dimensión, pero la aborda "desde la cocina",
"desde la azotea" o"desde la piel", que son lugares
donde ella sitúa los poemas que llama "crónicas".
También desde la piel, y desde todo el cuerpo. El tema erótico
es muy tratado, con profusión de imágenes audaces. Yo
confieso debilidad por la última estrofa del poema "Hijito",
en la que encuentro una experiencia corporal expresada de manera convincente
y verbal de veras (estas últimas son palabras de otro crítico).
Aquí va: cuando de nuevo/ sea la ermitaña/ la ajena/ mujer
que gime a la luna/ y mi vientre se vuelva/ plano/ transparente/ como
un sobre abandonado".
Al hablar de la poesía de Heddy Navarro, se me viene a la mente
el recuerdo de una frase de una escritora muy distinta. Virginia Woolf
habla de "la diferencia de mirada, la diferencia de criterio"
que puede provenir de la escritura de las mujeres, una vez pasada la
etapa de sólo "hablar por la herida", sólo hablar
en contra de los pesados estereotipos seculares. Retomando una idea,
las mujeres interesan en cuanto sujetos poéticamente inesperados.
Y el tema es complejo, porque tomarse la palabra desde sujeto definido
como mujer es una tarea al menos doble. Por una parte, apela a una experiencia
vital y corporal que se supone compartida por el resto de las mujeres,
que ha de ser re-conocida por las mujeres: es decir, se apela a algo
dado, a una experiencia que otorga cierta autoridad, a las que los sujetos
no-mujeres supuestamente no tienen acceso. Pero, por otra parte, se
trata de construir culturalmente (en la palabra, tratándose de
poesía) una diferencia que no está hecha, no está
configurada; que está descubriéndose no ya en la experiencia
vital, sino en la cultura compartida por todas las personas, sin distinción
de género. En este último sentido quisiera rescatar el
título Monólogo de la hembra tardía. Tardía:
porque en la cultura, las mujeres, con todas las excepciones y matices
que sean del caso, son recién llegadas, y tienen que armar, tramar,
explorar un posible lugar.
NOTAS
(1) Adriene Rich, On lies, secrets and silence, Selected Prose 1966
- 1978, W.W. Nortonand Company, New York, 1979.
(2) Un recuerdo de una frase de Borges, pasada por un lector italiano
que cita a un ilustre lector francés, y que no logré ubicar
en las Obras completas.
(3) Las citas son respectivamente de Sor Juana Inés de la Cruz,
en su "Respuesta de la poetisa a [...] Sor Filotea de la Cruz",
y de Gabriela Mistral, en sus notas a Tala.
(4) Las palabras están citadas fuera de contexto. Cioran habla
en general cuando dice que uno no se vuelve normal impunemente. E. M.
Cioran, Ese maldito yo,Tusquets, Barcelona, 1987.